YO, ROBOT.

    Se trataba de una persona de características excepcionales. Muy posiblemente lo que hoy llamaríamos un adulto de altas capacidades que de niño había alimentado su imaginación leyendo los folletos de ciencia ficción que vendía su padre en la tienda de golosinas que regentaba en la ciudad de Nueva York.

    Ya de adulto, y con un título en química y un trabajo de profesor de Universidad, había desarrollado una curiosa claustrofilia, que le hacía disfrutar de escribir en su despacho poblado de libros como de ninguna otra cosa. Allí, una vez que sus ingresos por las ventas de libros hicieron que su situación económica alcanzara un nivel más que desahogado, descubrió cuál era su verdadera genialidad. Él no iba a ser un genio que realizase un descubrimiento que cambiase el devenir tecnológico de la humanidad, ni siquiera iba a hacer aportaciones innovadoras en ningún campo científico, él era, por encima de todo, un escritor con mayúsculas, un divulgador y un novelista de ciencia ficción que iba a llevar el género a alcanzar el Olimpo de la literatura.

    Como ya hemos comentado en la entrada dedicada a la Trilogía de la Fundación, Isaac se dedicó, casi sin haberlo planeado de antemano, a escribir una historia del futuro, una historia del nacimiento y caída del Primer Imperio Galáctico, así como de los esfuerzos de un grupo de eruditos de la psicohistoria, ciencia basada en la matemática estadística que permitiría predecir el devenir de las sociedades con un alto grado de precisión con tal de que la muestra fuese lo suficientemente numerosa. Y sin duda, todos los mundos habitados de la Vía Láctea en el apogeo del Imperio reunían una población lo suficientemente numerosa para que esta ciencia desplegara toda su eficacia en la predicción del futuro político de la humanidad.

    Usando este lienzo, Asimov aborda algunos de los problemas ontológicos más arraigados en la psique humana, como por ejemplo los límites éticos de la tecnología, el tipo de sociedad más justo o el más favorable para los seres humanos, la superpoblación o la contaminación del medio ambiente entre otros.

    La temática que se esboza por primera vez en “Yo Robot”, y que irá adquiriendo mayores dimensiones conforme avancemos en la lectura de la serie de los robots, es el límite que debe ponerse al desarrollo tecnológico, si es que debe imponerse alguno, con el fin de preservar las libertades inalienables del ser humano: libre albedrío, información, opinión conciencia…

    Estas cuestiones, que recordemos que fueron abordadas por el autor al inicio de la década de los 50, se encuentran de rabiosa actualidad con la irrupción en nuestras vidas de ChatGPT-4, inteligencia artificial conversacional que ha provocado una revolución en una sociedad que observa anonadada que los avances en el desarrollo que auguraba la literatura y el cine de ciencia ficción de la segunda mitad del siglo XX van poco a poco tomando forma. ChatGPT-4 se está mostrando sobradamente capaz de superar el Test de Turing, ya que su nivel de desarrollo lingüístico hace que una persona que interaccione con él no pueda saber, por sus respuestas, si está dialogando con una máquina o con otro ser humano.

    Esto ha hecho que estos días se multipliquen los titulares alarmistas acerca del posible uso perverso de la inteligencia artificial, el deseo de regulación de los gobiernos, e incluso los miedos a que una futura inteligencia artificial general, es decir, una inteligencia artificial que no sea simplemente una herramienta conversacional y de búsqueda, extracción y sintetización de contenidos, sino una verdadera inteligencia pensante y sintiente, pueda hacerse con el control de sí misma e intentar atacar a la humanidad al modo de SkyNet en la saga cinematográfica Terminator.

    El hecho es que Asimov, como gran genio de la ciencia ficción de talla comparable a la de Julio Verne, ya planteaba estas cuestiones así como su solución, concretada en las tres leyes de la robótica, que debidamente incluidas en la programación de todo robot, hicieran imposible que una inteligencia artificial pudiera dañar a un humano:

PRIMERA LEY:

Un robot no puede hacer daño a un ser humano, ni permitir, por inacción, que un ser humano sufra daño.

 SEGUNDA LEY:

Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entran en conflicto con la Primera Ley.

 TERCERA LEY:

Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.

    ¿Alcanzará la capacidad predictiva de Asimov nuevas verdades y serán las inteligencias artificiales las que en un futuro lleven a la humanidad a una nueva era de progreso tecnológico?.  ¿Tendrá esto el coste de restringir las libertades individuales y potenciar los totalitarismos?. ¿Provocará la revolución robótica revueltas y desórdenes civiles?.

    Merece la pena leer el libro para profundizar en estas importantes reflexiones.

La Edición.

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